miércoles, 22 de noviembre de 2017

Flores muertas y Cher

Hace tiempo que no veo búhos por las noches. Ya no llevo tu collar de cuarzo, ni la piedra marrón orbitada por metal. Tampoco recuerdo el tacto de aquella camiseta azul con un koala pilotando por el skyline de Nueva York, ni el de esas dos sudaderas que compraste en aquella tienda de segunda mano de Granada. Ni siquiera el de la que compraste en Inglaterra por un precio dieciséis veces mayor. La pulsera de Pandora descansa en su caja, de donde seguramente nunca debería haber salido, como todos aquellos males en la Antigua Grecia. Ya no me abrazo a ese peluche al que tantas veces cuidé más de lo que me cuidé a mí. No he leído los libros que me regalaste, ni estoy en contacto con nuestros recuerdos. Hace un mes que no te busco en twitter. Ni a tu novia. Y no sabes la diferencia. De hecho, no pensé que pudiera llegar hasta aquí. Y no es que antes no pudiera evitar volver atrás. Es que seguía atrás, y no quería irme de allí. Y ahora sin embargo, tengo pleno control de la marcha atrás, pero es que la luna delantera está tan limpia que es un desperdicio que la eclipse la trasera. Ha pasado un año y medio desde que lo dejamos, y no he cicatrizado aún. De ser así, probablemente no estaría escribiendo esto. Pero hoy me he sentado a alegrarme por mí. Y en honor a El Kanka, a quien volveré a ver en diciembre, propongo un brindis preventivo por si acaso todo sale bien. Porque no soy la persona triste que creía que era. Porque hay vida después del amor. Porque hay vida después del desamor.

Pero, sobre todo, porque a las flores muertas no tiene sentido regarlas y menos con lágrimas.

jueves, 20 de julio de 2017

Siempre nos queda la esperanza de que el tiempo se pare
O de que no se postre en nuestras pieles
Que no arrugue nuestros sentimientos y los hiele
Nieve, truene o llueva a mares

Llévame a la orilla un día más,
Enséñame el compás de las manillas,
Miremos sin rejilla el horizonte,
Sin óbolo, sólo diálogo simbionte
Tú astrólogo
Yo mirilla
Saliendo de nuestro Aqueronte.

Abracemos las piernas de la Alhambra 
Démosle forma a las sombras de los niños que somos
¿Me oyes? Ecce homo... de mi vida, acalambras

Sigamos siendo tan nuestros como el primer día
Las estrellas nos "alhambran" al pasar
Las banderas nos despiden con la alegría
De que dentro de un siglo o un par
Se alinearán nuestras caderas,
Besaré tu collar de madera
Volverás a mi paladar.

Y óyeme cuando te digo 
que como rocas
Polvo nos haremos
Polvo quitaremos de nuestros rincones del olvido
A besos, antojos, gemidos que colocan,
Desenfocan nuestro prisma y lo hacen más caleidoscópico que el de los demás.


domingo, 8 de enero de 2017

Puntualidad inglesa

Me encantaría conocer a la persona tras el refrán de 'más vale tarde que nunca' para mandarle sutilmente a la mierda.
Cuando algo no llega nunca, se siente que no va a llegar. Se vive con la esperanza de que llegue, pero con el cuerpo hecho a la idea de que no lo hará. A veces incluso se desvanece esa esperanza y uno simplemente sigue su camino.
Cuando llega tarde, se siente el destiempo en el alma. Te jode la vida. Eres consciente de que ha llegado tarde (echémosle un vistazo a la definición: después del momento previsto o considerado conveniente) y es limón en la herida, no un soplo de aire primaveral. No ha llegado en el momento en que debía y a mí eso no me vale. Porque la puntualidad no es solo cosa de relojes, trenes y aviones. La puntualidad también reside en las promesas.

No, no vale más el adverbio tarde. Vale más hacerle caso al puto Big Ben.

martes, 6 de septiembre de 2016

Mentiras de nacimiento

Para qué sirve la brevedad, dime. Para qué si no es para desestabilizar. Crecí escuchando que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Ahora pienso que lo bueno, si breve, queda en nada. No llega a ser bueno del todo en el primer intento porque se interrumpe, no llega a ser bueno en el segundo porque se acaba. 

Esto viene a resumir cómo acabó lo nuestro.
Breve sin más. Ni dos veces, ni bueno.

Explíquenme la gracia del refrán. O retírenlo del lenguaje.

domingo, 19 de junio de 2016

El club de la lucha (interna)

Qué miedo. Qué puto miedo. Pierdo el control. Pierdo las riendas de la relación conmigo misma. Es como estar en una relación tóxica, destructiva, desgarradoramente lorquiana y lorquianamente barroca, con tu propio cerebro. Dan ganas de volarse el hemisferio derecho, con tanta intensidad de mierda. Sé que en algún momento tendré que decir ''basta'' y despedir a mi Tyler Durden funesto, que sólo aparece gracias a ti. O más bien... por tu culpa.

miércoles, 1 de junio de 2016

I. Historias de vida y placer

Habitación para dos, pétalos de rosa, un ansiado atardecer y una persiana medio bajada. Barcelona, querida, parecía haber callado de repente para guardarnos silencio y cedernos la vida durante unos instantes. El calor estaba servido; se respiraba sensualidad, se avecinaba la catarsis.

Una botella de champán nos esperaba en una cubitera. Hasta ella resultaba erótica: pequeñas gotas de agua se deslizaban con la misma concupiscencia que comenzaba a nacer en mi entrepierna. Era tal la situación, que durante una minúscula eternidad, permanecimos absortos, nos perdimos en aquella dimensión a la que parecía llevarnos ese feng-shui cosmopolita, comenzamos a ser realmente conscientes del romanticismo que albergaban esas cuatro -cada vez más húmedas- paredes. Nuestras respiraciones borraban lentamente la línea que separaba lo humano de lo salvaje, despedían al Cosmos, abrían paso al Caos.

Y allí estábamos nosotros, tardando en desvestirnos. Quizá te preguntes por qué. La respuesta es bien sencilla: primero lo hacíamos con la mirada. Lo hacíamos todo con la mirada. Era nuestra peculiar manera de caldear el ambiente; derrochando tensión por nuestros ojos, aumentando pulsaciones. Quizá fueran unos preliminares diferentes, al fin y al cabo así éramos nosotros. Iba más allá de lo terrenal, se nos quedaban pequeños los cuerpos. Las ganas que teníamos el uno del otro no se saciaban ni estando juntos. Cómo decirlo... No era una cuestión de sexo y de desahogo. Era necesidad de fusionarnos, de dar un salto espacio-temporal y desaparecer, de convertirnos en una misma supernova.

...

sábado, 2 de enero de 2016

Eternal sunshine of the spotless mind




Hola, 2016. Pretendía recibirte con todo el cariño del mundo y me parece que ya te he fallado a ti también. No estaba lista para abrazarte; llamaste al timbre y yo con estos pelos. Vaya bienvenida. Quería hablarte sobre la primera película que he visto para estrenarte. La primera que he visto de verdad, es decir, sola, sumergida en el sonido de unos auriculares, ha sido Olvídate de mí o lo que es mejor, Eternal sunshine of the spotless mind.

Tenemos en ella a un Jim Carrey enamorado, que en vísperas de San Valentín se dispone a recuperar a una chica que ya ni siquiera parece reconocerle. Es ella. Es Clem. La maravillosa y exuberante Kate Winslet salida de sus raíles de mujerón para adentrarse en una historia de ''chico conoce chica'' nada normal, y que da corriente. Parece ser que nuestra Clementine, rota de dolor, recurrió a un proceso de eliminación de recuerdos para borrar a Joel de su cabeza, y como consecuencia, de su corazón. Unas cuantas lesiones cerebrales en los núcleos emotivos de cada recuerdo y listo. 'Adiós' Joel. Y hola 'Patrick'. Sumido en impotencia, Joel decide hacer lo mismo. Una historia de idas y venidas, aunque más de venidas en realidad, en la que, ni con daños estereotáxicos, parecen poder desvincularse nuestros personajes. Y hasta aquí puedo leer.

Primera lectura de la película: ''Espero que no haya querido decir eso. No. Que no me vendan eso. ¿Es ese el mensaje?''. Hay personas que están destinadas a encontrarse. Quizá no para estar juntas, o al menos no para estarlo en el momento en que se conocen, pero que, al fin y al cabo se complementan, se completan. Son aquellos para los que, aunque las cosas se tuerzan, en algún momento habrá un camino más iluminado y menos escarpado que los demás, que les llevará lentamente a un punto en el que no sólo confluirán sus cuerpos; sino en el que además se reactivará la electricidad entre sus mentes, la magia. ''If two people are meant to be together, eventually, they'll find their way back''.

El segundo en que mi organismo interpretó eso como enseñanza principal de la película, me abrumó una profunda decepción y un enorme rechazo. ''¡Que no me vendan esto ahora, hace tiempo que dejé de creer en ello!''.

Posterior reflexión: ''Quizá el mensaje que he captado no sea sino un espejismo de lo que en realidad buscaba ver. ¿Se trata entonces de una apelación a los 'muertos cenantes' para que luchen por aquello por lo que algún día apostaron? ¿Un llamamiento a los enamorados en proceso de desenamoramiento para que intenten de veras estar juntos? ¿O es acaso una crítica a nuestra manera de afrontar los problemas en numerosas ocasiones; es decir, una crítica a la rehuida del dolor para superarlo?''.

Qué maravillosa idea, ¿no? Disponer al menos de la posibilidad de olvidar a alguien (voluntariamente, claro está, no veáis fortuna alguna en el que padece alzheimer ni aunque estéis dolidos por amor o cualquier otro fantasma que se le parezca). Aunque, siendo sincera, jamás recurriría a la Clínica Lacuna... Me declaro incapaz de borrarte de mis recuerdos por doloroso que fuera el final. Tú contribuiste a lo que soy hoy. Sin ti sería imposible explicarme. Imposible entenderme. Todo porqué nace en ti. Una obra de teatro no se entiende, no se explica del todo, hasta que no la vemos representada. Pues lo mismo. Llámame libro. Llámate representación.

'Eterno resplandor de una mente sin recuerdos'... Y una mierda. Eterna oscuridad.