miércoles, 1 de junio de 2016

I. Historias de vida y placer

Habitación para dos, pétalos de rosa, un ansiado atardecer y una persiana medio bajada. Barcelona, querida, parecía haber callado de repente para guardarnos silencio y cedernos la vida durante unos instantes. El calor estaba servido; se respiraba sensualidad, se avecinaba la catarsis.

Una botella de champán nos esperaba en una cubitera. Hasta ella resultaba erótica: pequeñas gotas de agua se deslizaban con la misma concupiscencia que comenzaba a nacer en mi entrepierna. Era tal la situación, que durante una minúscula eternidad, permanecimos absortos, nos perdimos en aquella dimensión a la que parecía llevarnos ese feng-shui cosmopolita, comenzamos a ser realmente conscientes del romanticismo que albergaban esas cuatro -cada vez más húmedas- paredes. Nuestras respiraciones borraban lentamente la línea que separaba lo humano de lo salvaje, despedían al Cosmos, abrían paso al Caos.

Y allí estábamos nosotros, tardando en desvestirnos. Quizá te preguntes por qué. La respuesta es bien sencilla: primero lo hacíamos con la mirada. Lo hacíamos todo con la mirada. Era nuestra peculiar manera de caldear el ambiente; derrochando tensión por nuestros ojos, aumentando pulsaciones. Quizá fueran unos preliminares diferentes, al fin y al cabo así éramos nosotros. Iba más allá de lo terrenal, se nos quedaban pequeños los cuerpos. Las ganas que teníamos el uno del otro no se saciaban ni estando juntos. Cómo decirlo... No era una cuestión de sexo y de desahogo. Era necesidad de fusionarnos, de dar un salto espacio-temporal y desaparecer, de convertirnos en una misma supernova.

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